El pastor generalmente se considera a sí mismo una persona de acción, de movimiento. A las iglesias les gusta mucho decir: “Nuestro pastor es activísimo. Todos los días vemos visitar y predicar”.
Sin embargo, esta actividad intensa a menudo no rinde los mejores frutos. Ni tampoco permite pastorados de gran alcance. ¿Por qué? Por la razón de que la tarea de guiar a una congregación no es tan sencilla como parece. Es una labor compleja. Es una responsabilidad que no exige únicamente “acción visible”, sino orientación clara, motivaciones muy definidas, actitudes positivas, comprensión y visión panorámica, planeamiento y ejecución cuidadosa. Todo ello precedido por una vida de estrecha relación con quien guía a la Iglesia, el Espíritu Santo, y una capacidad cada vez mayor de discernimiento de la mente y planes divinos para su cuerpo.
